Aquella escena resultaba patética, sí, en toda la extensión de la palabra. ¿Por qué su madre reaccionaba de aquella forma? ¿Por qué lo hacía así con el muchacho? Después de todo, él era muy parecido a su padre. Sus facciones masculinas resaltaban, al contrario de Stella, quien era idéntica a su madre. Tal vez fue aquello lo que le resultaba tan agradable para Melissa. El recuerdo de el único amor que le había dejado algún fruto, la rubia misma. Aunque no era el mejor prospecto de hija, ella era algo, y lo sabia. En cambio, él, parecía ser todo lo que ella siempre quiso. Escuchó la voz chillona de su madre, Dios, cómo odiaba aquel tono diciendo que debería bajar, saludar a su padre y su hermano. ¿Su hermano? Oh no, él no era nada para ella. Un simple intruso con el cual lo único que tenían en común era su ADN, asqueroso. Gruñó, cruzándose de brazos mientras bajaba las escaleras de mala gana. Se podía sentir su mala vibra por toda la casa. Sus cejas se arquearon, y su cuerpo se tensó al sentir aquel cálido abrazo de su padre. Tenía la complexión del rubio frente a ella, por lo cual le era fácil rodearla por completo con ambas manos. Escuchó un par de palabrerías, tales como: Hija, ya eres toda una mujer. Eres idéntica a tu madre, y mierdas como esas. Se esforzó para crear una sonrisa que a metros se podía ver que era falsa. No tardo mucho en separarse, y susurrarle algo a su madre, mientras ambos desaparecían hacia la cocina. Perfecto. Jodidamente perfecto. ¿Por qué la dejaban solo con él? ¿Acaso era su deber entretenerlo? Dios, no. Se giró, observando al hombre, su hermano, observándola de arriba a abajo, y soltó un bufido. “¿Qué? Toma una foto, esas te duran años.”